ansiedad, control de la ira, estrés, gestión emocional, infantil, resolución de conflictos

Gestión de conflictos en casa: Cómo reducir las rabietas y las discusiones en familia.

Estando de cuarentena y todos encerrados en la misma casa, es más fácil que surjan discusiones y conflictos en la familia porque compartimos más tiempo juntos y porque esto, nos guste o no, da lugar a más fricciones, opiniones distintas y diferentes formas de gestionar las actividades diarias. Por este motivo, hoy os traigo un par de ideas para disminuir los conflictos, enfados y rabietas con vuestros hijos.

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  1. Déjale que gane. Sí, me he leído y sí, sé cómo suena, pero déjame que lo explique: en muchos de los quehaceres diarios no es necesario que impongamos siempre nuestro criterio. A los niños les encanta salirse con la suya (y ¿a quién no?) y de hecho es bueno para su desarrollo psicológico, ya que aprenden estrategias para resolver problemas y entienden que son agentes de su propio aprendizaje, les proporciona autoeficacia y mejora su autoestima al sentirse capaces. Se lo que estaréis pensando: ya, pero no pueden ganar siempre. Efectivamente, también hay que poner límites, pero estos no tienen por qué aplicarse siempre según un rígido criterio adulto ni tienen por qué aplicarse en todas las áreas. Pongo dos ejemplos:
    1. Le dices a tu hijo que se ponga el pijama y luego se lave los dientes y el te contesta “no, voy a lavarme los dientes y después me pongo el pijama”. En algunos casos, puede ocurrir que aquí ya tengamos un conflicto, porque podemos interpretar que se está rebelando, no le gusta que le manden, que le digan lo que tiene que hacer (y, oye, que yo lo entiendo, también lo llevo mal a veces). Para evitar este tipo de situaciones, es interesante darle a elegir antes el orden en el que hacer las cosas, de esta forma nuestro hijo sentirá que su opinión cuenta y es importante. Si, por el contrario, ya hemos llegado a la situación que hemos comentado, ya se ha opuesto y quiere imponer sus condiciones, quizás nos podamos preguntar “¿cuál es mi objetivo?, ¿Qué se lave los dientes y se ponga el pijama o que lo haga en el orden que yo indico?” Si la respuesta es, simplemente, que realice esas dos acciones, “¿es importante el orden?”. La gran mayoría de las veces no lo es, por lo que podemos ceder en ese apartado.
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  1. La otra situación es una que a mi me pasa a diario con mi hija. Todos los días, después de desayunar, le digo que se tiene que vestir. Y todos los días ella me contesta con todo su aplomo “sí, pero hoy me pongo vestido” (se lo pone tooooodos los días). Mientras hemos tenido colegio ha habido días que esto no ha podido ser y se lo he justificado: había Educación Física en el cole, hacía mucho frío, lo que fuese. Ahora que estamos de cuarentena, lo mismo me da. Pero incluso en periodo lectivo la gran mayoría de los días he intentado respetar sus preferencias porque, haciendo uso de empatía, me pongo en su lugar y la verdad es que me pasarían dos cosas: (1) maldita la gracia que me haría que mi madre o mi pareja o el gato me dijesen cómo me tengo que vestir y (2) no me sentiría muy segura saliendo de casa con una ropa que no he elegido yo y que ni siquiera me gusta (de hecho, a veces me pasa cuando tengo un día de esos en los que pienso “no tengo nada que ponerme”, como supongo le pasará a más gente). Igual que en el caso anterior, fomentamos su autoestima, su percepción de autoeficacia, el autocontrol y su satisfacción con sus acciones si le dejamos elegir libremente (en la gran mayoría de las situaciones se puede, ¡por suerte no todos los fines de semana tenemos bodas!)
  2. Pregúntale. Sin embargo, una labor de los padres es poner límites a los niños, darles guías para que se puedan desarrollar como adultos y, muchas veces, no habrá forma de llevar a cabo el punto anterior. O algo peor, puede que se esté llevando a cabo, pero el niño no lo vea, con la frustración que esto conlleva para ambas partes.

Si esto ocurre, puede que vuestro hijo vea la situación como injusta y, por lo tanto, se enfade. Recordemos que enfadarse es totalmente normal y es una forma de reclamar los propios derechos o hacer ver que sentimos que algo está siendo injusto, por lo que es sano expresarlo.

Pues bien, en caso de llegar a este punto, podemos preguntar a nuestro hijo que es eso que tanto le enfada. De nuevo, con mi hija, ayer tuvimos un momento de estos: querían salir a la calle y quería llevarse el patinete y su hermano ir en el carro. A la que se llevaba el patinete, se quería llevar también una maleta con juguetes. Su padre y yo le dijimos que no podía ser y se enfadó diciendo “¡no es justo, yo nunca elijo y los mayores eligen!”. Así que, antes de que siguiese escalando, nos paramos a preguntarle qué era lo que no podía elegir. Nos comentó que no podía llevarse la maleta, que era lo que ella quería y que nunca le dejábamos elegir (otro día os hablo de los “nunca” y los “siempre”). Le reconocí que si era así, era muy injusto pues, efectivamente, ella era la mayor. Y, a continuación, le hice la pregunta del millón: “pero oye, ¿tú no habías elegido llevarte el patinete? ¿eso es elegir?” Y mágicamente, se acabo el problema. El enfadó se fue y salió pegando saltitos por la puerta. Literal.

Por desgracia, el cambio no es así de drástico siempre, sería un puntazo, pero con que les haga pensar, es suficiente. Si en ese momento se queda pensando o no responde, o vemos que la intensidad del enfado disminuye, hemos conseguido nuestro objetivo.

En este caso, estaríamos haciendo uso de la empatía hacia nuestros hijos y les estaríamos dando alternativas a ese pensamiento negativo que les genera malestar de una manera indirecta, por lo que se sentirán mucho menos juzgados y cuestionados.

Espero que estas ideas os ayuden en la gestión de conflictos en casa.

Y vosotros , ¿cómo resolvéis los problemas?, ¿tenéis alguna técnica que os funciones?

Un saludo y ¡a por la semana!

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